NO HAY QUIN PARE A DJOKOVIC
La frase la firmó un aficionado cuando el sol se escondía entre las preciosas esculturas del Foro Itálico. “Djokovic es como un tren de alta velocidad sin paradas”. En la final del torneo de Roma, el número uno del mundo derrotó 6-4 y 6-3 a Roger Federer y ganó su quinto Masters 1000 consecutivo (París-Bercy, Indian Wells, Miami, Montecarlo y Roma), que es también la cuarta copa de la temporada tras coronarse en el Abierto de Australia hace unos meses. El serbio, que nunca en toda su carrera dio la sensación de ser tan invencible, llegará a Roland Garros (su gran objetivo de los últimos años) después de 23 victorias seguidas (37 partidos jugados, 35 ganados) y una hegemonía sobre el resto inédita en la última década. A días del segundo Grand Slam del curso, un aviso repetido por megafonía: por tierra, mar o aire, no hay quien pare a Djokovic.
El encuentro se jugó con la mitad del estadio en sombra después de los más de 30 grados que soportaron Sharapova y Suárez durante la final femenina. La primera manga se consumió en apenas media hora. Federer tuvo clarísimo que su victoria dependía de jugar rápido y directo. Como ante Wawrinka en la víspera, el campeón de 17 grandes buscó acabar los intercambios en la red siempre que pudo, fiado a su congénito talento para la volea. Pese a los riesgos de echarle un pulso a Djokovic en esa zona definitiva de la pista, el plan funcionó. Así, de sutileza en sutileza, el suizo se procuró la primera bola de break de la final (con 4-4) que Nole anuló con rabia. Ahí terminó todo. Fin al cruce. Adiós, Roma. Hasta el año que viene.
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Como durante toda su carrera, Federer pagó carísimo no convertir esa bola de rotura que le habría dejado sacando por la primera manga. Un minuto después, el partido era otro. Un minuto después, la final ya era un imposible. Djokovic, que precisamente no se distingue por dejar escapar oportunidades, le arrebató el servicio al número dos (5-4), ganó el primer set (6-4) y en un parpadeo se colocó 3-0 en el segundo, gobernado en un sentido único, como si fuera viernes por la noche y en la autopista no quedasen ni las hojas de los árboles. En consecuencia, Federer no pudo hacer otra cosa que mirar cómo el serbio atacaba, defendía y contragolpeaba a un ritmo frenético, demostrando que puede subir y bajar el nivel a su antojo, que lo que ha enseñado no es ni de lejos lo que todavía guarda bajo su raqueta.
El número uno, que comenzó el torneo dudando (tuvo que superar sus tres primeros encuentros en la manga decisiva), cerró el torneo de forma impecable, regalando dos de sus raquetas al público para celebrar el triunfo, tan tranquilo acabó. En la final de Roma, el duelo más importante de la semana, devoró al número dos mundial, el que por ránking es su rival más cercano. Ahora, a días de que arranque Roland Garros, pocos en la caseta tienen dudas del hombre a batir en París: pese a ser el templo de Nadal, el campeón de ocho grandes quiere algo que considera suyo. La Copa de los Mosqueteros y la eternidad, donde solo han llegado ocho jugadores en toda la historia tras ganar los cuatro grandes. Djokovic va directo a ella.
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