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MASTER 1000 ITALIA
La garra ya no está sola. El deseo ha encontrado compañero. El alma tiene alguien para darle la mano. En su pase a los cuartos de final del torneo de Roma, Rafael Nadal derrotó 6-4 y 6-4 a John Isner en un encuentro brillante, rebosante de golpes afilados, decisiones inteligentes y supremacía conjugada en la superficie sobre la que ha construido su leyenda. Fue lo más cercano a la perfección en 2015: el campeón de 14 grandes, que ahora se medirá al ganador del Wawrinka-Thiem, no cometió un solo error con la pelota en juego (¡ni uno!), salvo las tres dobles faltas que sumó, disparó 17 ganadores y ganó el 90% de los puntos que disputó con su primer saque, exhibiendo su servicio ante un rival que ha hecho carrera desde ese golpe. El resultado fue inevitable: antes de esconder la cabeza en la toalla, Isner se quedó ojiplático.
“Pensaba que había hecho muy pocos, pero no sabía que ninguno”, confesó el mallorquín tras su segunda victoria en el Foro Itálico sobre los errores que no cometió. “Creo que es inédito, no sé si lo había hecho antes en mi carrera. Soy consciente de que he estado muy sólido, que he hecho un partido casi perfecto. Jugar contra Isner es un reto muy complicado. He hecho prácticamente todo bien. Con mi servicio no he llegado a tener ningún punto de rotura en contra”, prosiguió. “Con mi revés no he fallado nada, pero al margen he podido cambiar direcciones, algo que en Madrid me perjudicó en la final. Es importante poder cambiar direcciones con mi revés. Y con la derecha también he conseguido hacer cosas muy buenas”.
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Al partido, el segundo entre ambos en las últimas semanas (Montecarlo, ganó el mallorquín en tres mangas), llegó el campeón de 14 grandes con las piernas bien frescas tras superar el estreno (6-2 y 6-1 al turco Ilhan) a la velocidad del rayo. Jugar sin rasguños en su cuerpo permitió a Nadal competir alegremente, corriendo con un brío casi extinguido esta temporada. Sus interesantes desplazamientos hacia delante le valieron un puñado de puntos y los laterales le dieron la posibilidad de defenderse de las acometidas de Isner. La fuerza de su brazo hizo el resto: aunque el mallorquín se colocó muy atrás para restar el supersónico saque del estadounidense, con esa potencia controlada fabricó pasantes fabulosos, uno de ellos el que le dio la rotura decisiva en el segundo parcial.
Antes, lo mismo de siempre. El primer juego del pulso radiografío con certeza qué significa jugar contra Isner: pronto se procuró el mallorquín tres bolas de rotura (0-40) y pronto las anuló el estadounidense, escudado por su descomunal servicio. Así, en manos de su oponente, Nadal se dedicó perseguir al resto pelotas imposibles, muertas nada más tocar las cuerdas de la raqueta del número 17. Eso es jugar contra un sacador: esperar todo el tiempo que sea necesario hasta que la oportunidad termine apareciendo, como el viajero que aguarda en la parada el momento en el que llegue el autobús para volver a casa.
El español supo salir de esa presión con instinto y energía. Con la pelota en juego, el número siete leyó perfectamente las decisiones de su oponente y se anticipó a ellas con movimientos eléctricos. Desde el fondo de la pista, donde pocos pueden discutir con él, Nadal dirigió sus tiros con las ideas claras, percutiendo siempre sobre el revés de Isner con su derecha combada, que se le atragantó una y otra vez al gigantón. El estadounidense insistió en dinamitar el encuentro con su drive cruzado, que a diferencia de la última ocasión no inquietó a Nadal.
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“¡Vamos matador!”, aulló el gentío mientras los dos rivales se cocían bajo el sol de Roma (30 grados). Pese a perder la primera manga, Isner no se descompuso. El estadounidense siguió a lo suyo: sacar, sacar y sacar. Nadal, que en el parcial inaugural no entregó un solo punto con su primer saque (17 de 17), no le perdió la cara en ningún momento al encuentro. Todo lo contrario. Con la columna vertebral de su juego bien recta (saque, derecha y revés), el español se abrió paso hacia los cuartos sin encarar ni una sola bola de rotura y con una contundencia granítica, la que le permitió ser rey de reyes en la superficie más lenta del circuito.
En consecuencia, el partido demostró la evidente evolución del número siete. En Roma, donde Nadal busca enlazar por primera vez en toda la temporada dos semanas de alto nivel, el campeón de 14 grandes ganó por primera vez en mucho tiempo con algo más que su alma y algunos fogonazos bien dispersos en el tiempo. Ahora, además, tiene la regularidad en sus golpes para empezar a soñar con volver a ser el de siempre.
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